EH Bildu y ERC han vuelto a mostrar los dientes al Gobierno del socialista Pedro Sánchez. Con la excusa de frenar una supuesta “ola reaccionaria”, exigen más “nación” para Euskadi y Cataluña justo en el momento clave: la negociación de los Presupuestos de 2026. Saben que su voto es imprescindible y que Sánchez no puede gobernar sin ellos.

El chantaje está servido. Cada concesión que se arranca desde estos partidos soberanistas se convierte en un golpe a la igualdad territorial y en un agravio comparativo para el resto de comunidades. Lo que el socialista Pedro Sánchez vende como “diálogo” y “normalización”, en la práctica se traduce en privilegios, cesiones y un vaciado progresivo de la soberanía común.
El problema no es solo político, sino moral: un Gobierno que se sostiene gracias a quienes no creen en el proyecto nacional que deberían defender. El discurso soberanista no busca integrar, sino tensionar; no construye puentes, sino que los cobra con peaje.

España corre el riesgo de convertirse en un mosaico de reinos de taifas, donde la unidad no la deciden los ciudadanos en las urnas, sino unos pocos diputados que saben que su voto vale oro.
Y la pregunta es clara: ¿cuánto tiempo puede sobrevivir una nación cuando su futuro se negocia como una mercancía?
